La mañana siguiente, luego del desayuno y después de que todos se retiraran, Lucía y Jacob se quedaron solos en la sala principal de la casa de Karl. El fuego crepitaba suavemente en la chimenea, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera.
—Tenemos que hablar —dijo Lucía finalmente, rompiendo el silencio.
Jacob la miró con atención, esperando.
—Sobre nosotros. Sobre cómo vamos a hacer esto funcionar —continuó ella—. Dos manadas, dos territorios separados por kilómetros. No puedo abandonar el Norte, Jacob. Es mi hogar, mi responsabilidad.
Jacob asintió lentamente, como si hubiera estado esperando esta conversación.
—Lo sé. Y nunca te pediría que lo hicieras. Pero tampoco puedo abandonar Fuego Eterno. Son mi familia, mi legado.
Lucía se mordió el labio, la preocupación evidente en su rostro.