La casa comunal del Norte —un edificio de piedra y madera tallada con runas ancestrales— se había transformado en un palacio de luces y aromas. Antorchas de resina de pino iluminaban las vigas del techo, y mesas largas rebosaban de venado asado con miel de abeja silvestre, truchas ahumadas del río Plateado, pan de centeno recién horneado y jarras de hidromiel que brillaban como oro líquido. Los guerreros vencedores ocupaban el centro, sus armaduras quitadas, las cicatrices de los Juegos a la vi