El Bosque de Cristal se había convertido en un laberinto de reflejos rotos. Cada cristal, cada fragmento de luz lunar, multiplicaba la escena: Damián, tambaleante, con la camisa hecha jirones y sangre en la frente; Ronan y Dylan, exhaustos pero firmes, corriendo con la bandera sagrada ondeando como un estandarte de fuego y plata. El público, desde las gradas del estadio, rugía con una intensidad que hacía temblar la tierra. Las pantallas gigantes mostraban cada detalle: el sudor en la frente de