La luna creciente colgaba en el cielo como una garra plateada, su luz fría colándose por la ventana entreabierta de la cabaña de Lucía. El aire aún olía a sudor y pasión, un recordatorio de la intensidad castigadora de Jacob. Él yacía a su lado, su pecho ancho subiendo y bajando en un ritmo más tranquilo ahora, el fuego de los celos reducido a brasas. Lucía, con la espalda marcada por sus manos y el hombro amoratado por sus mordiscos, se giró hacia él. Sus dedos trazaron el tatuaje de llamas en