El sonido de las campanas aún resonaba en los pasillos del Gran Territorio cuando las antorchas comenzaron a apagarse una a una.
El Consejo dio por concluida la primera jornada de los Juegos Lunares.
El aire olía a humo, sudor y sangre seca; una mezcla que siempre acompañaba a las noches de victoria.
Las manadas comenzaban a retirarse hacia sus cabañas. Algunos caminaban erguidos, orgullosos por haber sobrevivido al primer desafío. Otros, cabizbajos, heridos, con la humillación grabada en el ro