Lucía despertó con un dolor agudo en el cuello.
El aire era denso, cargado de humedad y con un perfume vegetal casi asfixiante. Intentó moverse, pero algo se lo impidió.
Sus brazos estaban pegados al cuerpo, envueltos por una especie de liana gruesa y tibia que pulsaba, como si respirara.
Abrió los ojos de golpe.
Jacob estaba a su lado, igual de inmovilizado, las enredaderas trepándole por el pecho y el cuello.
Solo podían mover la cabeza lo suficiente para verse mutuamente.
—¿Dónde… demonios e