DAFNE
Las estrellas ya no eran estrellas.
Eran ojos — miles de ellos, brillando en la oscuridad que nos rodeaba. Observando. Susurrando. Esperando.
El aire brillaba como agua, pero ardía como fuego. Mi cuerpo se sentía ingrávido, y aun así, cada paso que daba parecía empujar contra una resistencia invisible, como si la misma luna intentara detenerme.
La voz de Atenea pulsó dentro de mi mente.
Cuidado, Dafne. Ella es la sombra de la luna ahora. Este no es su mundo… es su trampa.
—Lo sé —sus