JORDÁN
El bosque estaba inquietantemente silencioso. Demasiado silencioso para una noche en la que la luna sangraba roja sobre el cielo.
La quietud le arañaba el pecho mientras corría, con las garras a medio transformar y la respiración entrecortada. Cada árbol parecía susurrar su nombre.
—¡Dafne! —gritó, su voz desgarrando la oscuridad, cruda de pánico y culpa.
El eco volvió como un lamento fantasmal, tragado por la niebla. Su lobo aulló dentro de él —no con rabia esta vez, sino con pura dese