ELEONORA
No podía respirar.
Las paredes de mi cuarto temblaban, las velas parpadeaban salvajemente como si el aire mismo se hubiera asustado. El espejo frente a mí se agrietó sin aviso, líneas como patas de araña extendiéndose como venas de luz.
Algo había cambiado. Algo poderoso.
—¿Lo sentiste? —preguntó Rebeca desde detrás de mí. Su tono ya no era tranquilo —estaba tembloroso, incierto—. —Es… ella, ¿verdad?
Me giré lentamente hacia ella, el latido de mi corazón retumbando en mis oídos. —Da