JORDÁN
Su nombre aún resonaba en mi cabeza.
Dafne.
Ya no era un grito… era un eco, una huella en mis venas que se negaba a morir.
Llevaba corriendo lo que parecían horas, atravesando el bosque, con el olor a ceniza y sangre espeso en el aire. Cada sonido se convertía en su voz, cada destello de luz parecía sus ojos dorados antes de que la oscuridad la devorara por completo.
—¡Dafne! —rugí de nuevo, mi voz quebrándose contra la noche.
El silencio respondió. Entonces el viento cambió… y lo sentí