JORDÁN
Dolor. No era mío, y aun así ardía en mi pecho como acero fundido.
Su dolor.
El de Dafne.
Me incorporé de golpe, jadeando, el corazón golpeando contra mis costillas. El lazo entre nosotros —nuestro vínculo— había vuelto a la vida, salvaje y desesperado, como un grito resonando en mi alma. Me llevé las manos a la cabeza, la respiración temblorosa.
«Dafne…» susurré al aire frío, con la voz quebrada. «¿Dónde estás?»
El bosque a mi alrededor estaba en silencio. Demasiado silencio. I