DAFNE
Oscuridad.
Eso fue lo primero que sentí cuando mis ojos se abrieron lentamente. No era la clase de oscuridad pacífica que te esconde del mundo, sino la espesa, sofocante, la que se adhiere a tu piel y te roba el aliento.
Mi corazón retumbaba en mis oídos, pesado e irregular. Intenté moverme, pero mi cuerpo se sentía encadenado al suelo. El aire a mi alrededor estaba frío —demasiado frío— y apenas podía distinguir el contorno de mis dedos cuando los levanté.
Sin luz. Sin calor. Solo oscur