DAFNÉ
Cuando abrí los ojos, la habitación estaba en silencio.
Por un momento, no supe dónde estaba. El suave olor de las hierbas llenaba el aire, y una luz tenue provenía de una linterna sobre la mesa. Todo mi cuerpo dolía, y mis muñecas ardían como si todavía estuvieran atadas con cadenas.
Intenté incorporarme, pero un dolor agudo en el pecho me detuvo.
—No te muevas —la voz suave de Madam Dorotea vino desde la esquina. Caminó hacia mi cama, con los ojos llenos de preocupación—. Estás a s