JORDÁN
Ella estaba justo allí — en el suelo, encadenada, con los ojos abiertos de miedo.
La visión de ella debería haberme destrozado. Antes lo hacía. Pero ahora… no podía sentir dónde terminaba mi rabia y dónde empezaba otra cosa.
Las cadenas brillaban débilmente con una luz plateada, mordiéndole la piel, y por un segundo quise romperlas. Quise atraerla hacia mí. Decirle que aún estaba aquí.
Pero entonces lo oí.
“Debilidad,” gruñó la voz en mi cabeza. “¿Todavía la compadeces? ¿Después