—Tendrás que quedarte quieta —me dice.
Suelto un suspiro silencioso. —No pensaba hacer nada más.
Ella me ignora, levanta lentamente las manos, sus dedos se curvan ligeramente mientras cierra los ojos.
Y entonces empieza.
Las palabras que salen de sus labios son bajas, rítmicas y desconocidas, entretejidas en un lenguaje que no reconozco, pero que puedo sentir.
En el instante en que la primera palabra flota en el aire, algo cambia en mi cuerpo, una calidez chispeante en el estómago.
Al principio