Helena llegó a la casa de Maikol y tocó la puerta. Llevaba un pie de limón que preparó su madre para compartir con todos.
Le abrieron.
—¡Helena! Me alegra un montón que hayas venido —Maikol la abrazó con cuidado—. Entra, por favor. Puedes dejar el pie por allá en la cocina —señaló—. Mamá y yo estamos terminando de preparar el almuerzo y ya Karen y Paul llegaron.
—Vaya, y eso que llegué dos minutos antes de la hora acordada —expresó, sorprendida.
—El primero en llegar fue Paul. Está loco. Fa