—¡Come algo, maldita sea!
Bruno perdió la paciencia. Le dio una bofetada a Nicole que le volteó el rostro.
Ella no gritó, sólo lo miró con los ojos llenos de una mezcla de rabia y resignación. Él tomó el trozo de pan de la mesa y se lo empujó a la boca.
—Come —ordenó, como si su voz pudiera borrar el asco.
Nicole masticó despacio, con la garganta cerrada y el estómago revuelto. Estaba harta del pan.
—Eres un idiota… —dijo después de tragar—. ¿Me pegas? ¿Esa es tu gran demostración del amor que sientes por mí? ¡Te contradices!
—Cariño, perdóname —suspiró, arrepentido de haberlo hecho—. Pero es que tú no colaboras. Tienes que comer para poder sobrevivir. Prometo que te daré mejores platillos cuando salgamos del país. Por ahora lo único que he podido conseguir ha sido pan y queso…
—Déjame ir.
—¿Vas a seguir con eso? No podrás alejarte de mí nunca.
—Eres un imbécil, Bruno.
—Tranquila —Le acarició la mejilla—. Si haces lo que yo te pido, no te haré daño. Lo prometo.
—Tus prome