Haru estaba sentado frente a su escritorio, con los codos apoyados sobre la mesa y las manos entrelazadas contra su frente.
Los informes policiales no decían nada nuevo. Y el silencio… ese maldito silencio… lo estaba volviendo loco.
Nicole seguía desaparecida. Con cada hora que pasaba, el miedo se le metía más hondo en el pecho. Hasta que un golpe seco en la puerta lo sacó de su espiral.
—Adelante —dijo, sin levantar la vista.
La puerta se abrió lentamente. Una figura desconocida se asomó y lo hizo fruncir el ceño.
—¡Lo siento tanto, señor! —expresó el hombre, nervioso—. Necesito hablar con usted.
Haru se levantó, confundido.
—¿Quién eres? ¿Cómo entraste sin una cita? En estos momentos no estoy de ánimos para atenderte —habló el pelinegro—. Mi agenda está muy ocupada, así que…
—¡Pude entrar porque tengo información acerca de Nicole! —soltó—. Los de seguridad me enviaron directamente aquí, a su oficina.
Haru abrió los ojos como si acabaran de darle la mejor noticia. Cruzó