Era domingo. Emma llegó al parque de diversiones junto a su prima, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. El sol brillaba alto, y las risas de los niños se mezclaban con el chirrido de las ruedas mecánicas.
Sus ojos recorrían el lugar con ansiedad, buscando una silueta familiar entre la multitud.
—¿Dónde se habrá metido? Me dijo que ya estaba aquí —bufó.
—Prima, creo que deberías haber venido sola —comentó Aurora, frunciendo el ceño—. Te agradezco la invitación, pero está