Nicolás estaba sentado en su oficina con los ojos fijos en la pantalla mientras sus dedos se movían con agilidad sobre el teclado. El videojuego de pelea lo tenía concentrado.
Odiaba admitirlo, pero últimamente pensaba cada vez más en la jubilación.
En dejar atrás los horarios, las reuniones y responsabilidades. Simplemente quería pasar el resto de sus días junto a su esposa.
Entonces, alguien tocó la puerta, devolviéndolo a la realidad.
—Sin cita previa no puedes entrar —dijo, sin apartar del todo la vista de la pantalla—. ¿Eres alguno de mis hijos?
Haru abrió la puerta con timidez. Temía que ese hombre lo echara a patadas por no haber obtenido una cita antes.
—Señor Nicolás, lamento mucho interrumpirlo, pero eso de obtener una cita con usted me estaba costando mucho —confesó, rascándose la nuca.
Nicolás abrió los ojos, sorprendido. No esperaba ver al hijo de Maikol en su oficina.
—¡Haru! —exclamó, con una sonrisa amplia—. Niño, siéntete como en tu casa. No hacía falta que pidi