Thiago tocó la puerta de la habitación de su padre.
—Adelante —respondió Gabriel desde el interior.
Entró con cuidado. Sus ojos se detuvieron en una fotografía sobre la cómoda. Era Julia.
Se acercó, como si el marco lo llamara.
La tomó entre las manos, y un nudo le apretó la garganta.
Más que una niñera, Julia había sido como una madre para él. La única figura materna que recordaba con claridad. La que le enseñó a atarse los zapatos, a leer sus primeras palabras, e incluso calmar sus miedos