Thiago tocó la puerta de la habitación de su padre.
—Adelante —respondió Gabriel desde el interior.
Entró con cuidado. Sus ojos se detuvieron en una fotografía sobre la cómoda. Era Julia.
Se acercó, como si el marco lo llamara.
La tomó entre las manos, y un nudo le apretó la garganta.
Más que una niñera, Julia había sido como una madre para él. La única figura materna que recordaba con claridad. La que le enseñó a atarse los zapatos, a leer sus primeras palabras, e incluso calmar sus miedos en las noches largas.
—¿La extrañas, hijo? —inquirió su padre, nostálgico.
Cuando Julia cumplió sesenta, le diagnosticaron problemas cardíacos. Aunque luchó con la misma fuerza con la que lo había criado, unos años después se fue, dejando un vacío en ambos.
Gabriel la había amado como a una hermana.
—Por supuesto, papá —Se secó una lágrima—. Esa mujer me crió como si yo fuera su verdadero hijo. Me enseñó muchas cosas, pero no es por eso que estoy aquí.
—Lo sé. Julia fue maravillosa —sonrió