Noah estaba terminando de atender a su último paciente en el hospital. El reloj marcaba el final de su turno, y el cansancio se le notaba en los hombros.
Guardó sus instrumentos con precisión, cerró la carpeta de seguimiento y se levantó, dispuesto a marcharse.
Justo cuando cruzaba la puerta, la enfermera que siempre lo ayudaba se tropezó frente a él. Un par de frascos de plástico rodaron por el suelo, rebotando contra las baldosas con un sonido hueco.
—¡Ay! —exclamó Isabela, cayendo de rodillas, con una expresión de sorpresa más que de dolor.
—Isabela, ¿estás bien? —preguntó.
Noah reaccionó al instante. Se agachó junto a ella, recogiendo los frascos antes de que alguien los pisara. Ella estaba muy apenada, con las mejillas rojas.
Isabela tenía el cabello negro como el carbón, liso y largo, cayéndole en cascada sobre los hombros. Sus lentes de montura delgada enmarcaban unos ojos café profundo.
—L-lo siento mucho, Noah —se disculpó, aceptando su ayuda—. Soy un desastre y eso que