Emma estaba terminando de cenar con su madre en el restaurante Maison Noire.
Bruno era el dueño de esa cadena de restaurantes, sin embargo, ya era costumbre de que fueran a ese lugar con frecuencia, tampoco es que Bruno estuviera allí.
—¿Te gustó el risotto? —preguntó su madre, limpiándose los labios con la servilleta.
Emma asintió, aunque su mente estaba en otra parte. En Noah y la confesión tonta que le hizo. Miró su teléfono con el mensaje de Noah… Él actuaba como si nada hubiera pasado.
—Sí, estaba delicioso —respondió, forzando una sonrisa.
Su madre la observó con atención, como una madre que sabe que su hija tiene algo.
—¿Estás segura de que estás bien? ¿No hay nada que quieras contarme?
Emma bajó la mirada a su copa de vino.
—Estoy en perfectas condiciones —mintió, bebiendo agua. Ya estaba harta del alcohol.
—¿Se trata de Noah? —le atinó, riendo con picardía.
Emma se ahogó con el agua que estaba bebiendo y empezó a toser. Karen sabía perfectamente lo que su hija sentía