Noah estaba en su consultorio. Llevaba años estudiando medicina, su sueño desde que era un niño. Y ahora, con el respeto ganado entre colegas, se le permitía hacer pasantías sin supervisión. Nunca había tenido problemas con los pacientes. Cada consulta le daba más y más experiencia.
Escribía con pulso firme el nombre de su paciente: Daniela Santos. La mujer frente a él tenía el cabello naranja, lleno de rulos que caían desordenados sobre sus hombros.
Se sostuvo el vientre con una expresión d