Noah estaba en su consultorio. Llevaba años estudiando medicina, su sueño desde que era un niño. Y ahora, con el respeto ganado entre colegas, se le permitía hacer pasantías sin supervisión. Nunca había tenido problemas con los pacientes. Cada consulta le daba más y más experiencia.
Escribía con pulso firme el nombre de su paciente: Daniela Santos. La mujer frente a él tenía el cabello naranja, lleno de rulos que caían desordenados sobre sus hombros.
Se sostuvo el vientre con una expresión de grave dolor.
—¿Pasa algo malo, doctor? —preguntó, preocupada por la reacción de Noah.
Él se quedó absorto en sus pensamientos porque había escuchado ese apellido antes, sólo que no recordaba exactamente dónde.
Suspiró, tal vez era parte de su imaginación.
—No es nada. Cuéntame, ¿qué es lo que tienes? —cuestionó, escribiendo sobre la hoja—. ¿Te duele el estómago? Veo que te lo agarras mucho.
La mujer asintió, apretando los labios con pesar.
—Me duele un poco… —murmuró, bajando la cabeza—.