Unas semanas después…
Helena tenía cuatro meses de embarazo. A su lado, el guardaespaldas asignado por Nicolás mantenía el ritmo, atento a cada movimiento que pudiera perjudicarla. Era el precio de la fama.
El sol caía con fuerza sobre la acera. Helena sostenía el teléfono con una mano, y los labios curvados en una sonrisa suave. La otra mano descansaba sobre su vientre.
El supermercado estaba a unos metros de distancia.
—No, amor, ya sabes que no me gusta el color rojo —habló, riendo.
—¿Y