Maikol respiró hondo antes de dar el primer paso hacia la mesa. Kaito ya lo esperaba en el restaurante, con las manos entrelazadas sobre el mantel y la mirada fija en un punto invisible, como si también estuviera repasando lo que iba a decir.
Maikol se acercó, sintiendo cómo el corazón le latía en la garganta. Tenía miedo de que después de esa conversación, nada volviera a ser igual.
—Hola, Kaito… —dijo, en voz baja.
Kaito levantó la vista.
—¿No le vas a dar un beso a tu hombre? —cuestion