Diana caminaba por los pasillos de la mansión con pasos lentos, casi calculados. No se le permitía salir.
Cada rincón le recordaba que estaba atrapada, aunque no hubiera barrotes.
Al llegar a la entrada, se detuvo. Miró al guardia que custodiaba la puerta, directo a los ojos. Él no se movió y tampoco le devolvió la mirada, como si no existiera.
—¡Quítate del medio! —gritó, dándole un empujón que no lo movió—. Quiero salir. ¡Quiero salir ahora mismo! ¡Hazle caso a tu señora!
—No puedes sali