—¿Cómo terminé aquí? —bufó Helena.
Llevaba a Nicolás con dificultad sobre su hombro. El hombre no podía caminar sin tambalearse de un lado a otro.
Por suerte, pudo conducir con normalidad, pero al tocar el primer piso, se desplomó frente a la recepción del arrendador. Helena tuvo que levantarlo.
—¿D-dónde estamos? —balbuceó Nicolás, la cabeza le daba vueltas.
—Tienes suerte de ser mi jefe. No estaría haciendo esto por cualquiera, eh —comentó la mujer, entre dientes—. ¿Tienes las llaves?
—B