Gabriel llegó a la mansión con pasos largos, como si cada zancada fuera un intento de contener la tormenta que le rugía por dentro. Estaba furioso.
Diana lo seguía de cerca, pero no se atrevía a decir nada. El silencio entre ellos era espeso. Durante todo el camino, Gabriel no pronunció una sola palabra.
«¿Por qué no confió en mí?» se preguntó.
—¿P-puedo explicarte lo que pasó? —habló ella, temerosa por la respuesta.
Gabriel se dirigió directo a su oficina, dejando a Diana con la palabra e