Capítulo 237: El Canto del Acero y la Cuna de Plata
El llanto de un bebé que emanaba del hacha de plata no era un sonido de vida, sino una frecuencia que parecía desgarrar el velo entre los reinos. Astraea, con el arma fundida a su piel, sentía cómo la vibración subía por su brazo, entumeciendo su regeneración superior y obligándola a mirar hacia la entrada de la Gran Sala. Allí, los "Cazadores de Sombras" se abrían paso como una marea de ébano, escoltando a una figura cuya presencia apagaba la