Dos rastreadores de Sangre Negra saltaron de los arbustos con las espadas en alto.
Damián no esperó.
Se movió como un relámpago oscuro.
¡ZAS! ¡ZAS!
Sus dos cuchillos volaron. Uno se clavó en la garganta del primero. El otro, en el ojo del segundo.
Cayeron al suelo, muertos antes de tocar la nieve.
Damián arrancó sus armas de los cadáveres con un movimiento fluido y brutal. Se giró hacia mí. Estaba jadeando, con el pecho subiendo y bajando, cubierto de sangre ajena y propia.
—Muévete —gruñó—. Ha