El cuerpo decapitado del General cayó sobre la hoguera.
Las llamas rugieron, alimentadas por la grasa y la sangre.
Lorenzo rugió también, girándose hacia sus otros hombres para imponer orden a golpes de espada.
—¡QUIETOS! —bramó el Alfa enemigo—. ¡O OS MATO A TODOS!
Era mi oportunidad.
Solo tenía una fracción de segundo.
Me agaché. Mis dedos se cerraron alrededor del rollo de pergamino que había caído al barro durante la pelea.
Los mapas.
Me levanté y eché a correr.
No miré atrás.
Salí del círc