–¿Qué?– preguntó Alexander incrédulo, levantando una ceja al oír tal pedido.
–Debo recordarte que la última vez que nos encontramos llenaste tu boca para insultarme, me diste una bofetada, dijiste cuánto me odiabas y que jamás te casarías conmigo. ¿Y ahora estás aquí prácticamente suplicando para que me case contigo?– preguntó en tono burlón, con una leve y casi imperceptible sonrisa en la comisura de los labios.
Valentina apretó el puño intentando contener su irritación ante aquella situación humillante para ella. Pero la vida de su hermana estaba y siempre estaría por encima de su orgullo.
–Debo informarte que mi idea sobre ti no ha cambiado. Yo solo... necesito este matrimonio–
Alexander la miró con expresión estoica durante un momento.
–Ah... entiendo. Tu familia quebró, y ahora que estás a punto de vivir en la miseria sin tus lujos, viste que la única salvación es casarte con un idiota que te mantenga a ti y a tu familia– Alexander dio un paso al frente, acercándose a Valentina,