Serena giró el rostro hacia la carretera, ignorándolo.
–No hace falta, puedo irme a casa sola–
–Será difícil conseguir un coche a esta hora. Déjeme llevarla, por favor. No me quedaré tranquilo si sé que la dejé ir sola. Y si desconfía, aquí tiene mi tarjeta– El hombre sacó una tarjeta de su billetera y se la entregó a Serena.
«Antonio Greco»
Serena miró el logotipo de la tarjeta y luego la discoteca, confundida.
–¿Usted es el dueño?–
–Socio. Dominic y yo somos socios en este y en otros negocios. Somos casi como hermanos. Se podría decir que crecimos juntos–
–¿Hermanos?– Serena frunció el ceño. Dominic nunca había hablado de otro hermano ni de alguien criado con él. Mucho menos de un italiano.
–Entonces, ¿ya puedo llevarla a casa? O al menos déjeme pedir un coche para usted– dijo sacando el celular del bolsillo.
Serena estaba a punto de negarse cuando vio a Dominic salir de la discoteca y mirar a su alrededor como si buscara algo, hasta que su mirada se detuvo en ellos dos.
Los tres se