El aroma de rosas que emanaba del cuerpo de Penelope anuló de repente todo el sentido común de Adrian.
Durante unos segundos cruciales, los muros de contención que había levantado durante años se derrumbaron sin remedio.
Un gemido grave escapó de su garganta, transformándose en un impulso salvaje e incontrolable.
Adrian sujetó la nuca de Penelope con brusquedad y atrajo su rostro hacia él, hundiéndola aún más bajo su dominio. Devoró sus labios con una avidez feroz, besándola con exigencia, como