Adrian acababa de poner un pie en el último escalón cuando, de repente, un cálido abrazo rodeó su cintura por detrás. Su cuerpo atlético se tensó al instante.
El suave aroma de rosas —el mismo que había perturbado sus pensamientos la noche anterior— volvió a invadir sus sentidos.
—Si todavía no estás dispuesto a tocarme... al menos oficializa nuestro matrimonio en el registro civil, señor Harrison —susurró Penelope con la voz temblorosa contra su espalda.
Sus manos se aferraron con fuerza a la