La mansión Harrison siempre se sentía más silenciosa durante la tarde, cuando las largas sombras de los altos pilares se extendían sobre el suelo de mármol. Penélope se sentó en el borde de la cama, con la mirada fija en el gran ventanal que daba al inmenso jardín trasero. Sus manos apretaban con suavidad las correas de su bolso de tela. Lo ocurrido frente al pasillo de la universidad unas horas antes aún dejaba un extraño vuelco en su pecho. Adrian había doblegado su orgullo —aunque de una man