El silencio entre ellos era denso como la niebla que empezaba a levantarse en el fondo de la cueva. Lyra seguía sentada, envuelta en el manto que él le había dado, con los ojos fijos en las brasas apagadas de la hoguera. River, en silencio, se movía con precisión y disciplina. Ajustó los pantalones gastados y rasgados que apenas entendía cómo seguían enteros, recogía las frutas restantes en un paño oscuro y apagaba el fuego con tierra fría, cubriéndolo todo para que no quedara rastro. Era como