La chica, temblando de pies a cabeza, dejó caer la bandeja al suelo, bajó la cabeza y subió corriendo delante de él. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Todos lo sabían. Siempre era así. Siempre había sido así. Pero ahora tenía un peso distinto, mucho peor; al fin y al cabo, últimamente, acostarse con el alfa era una sentencia de muerte.
Kael subió justo detrás, jadeando, y en cuanto entró en la habitación, cerró la puerta con llave. Sus ojos estaban salvajes, hambrientos… pero no de de