La noche cayó como un manto pesado sobre la manada Luna Sangrienta. El viento frío se colaba entre los árboles, sacudiendo las hojas y anunciando que algo grande estaba a punto de suceder.
En el patio frente a la mansión, River se acomodaba la mochila de cuero a la espalda, vistiendo una chaqueta negra gruesa, vaqueros algo gastados y una camisa clara debajo. Su mirada era seria, decidida, y sus ojos brillaban con un tono rojizo.
—¿Estás seguro de que no quieres que vaya contigo? —preguntó Solo