Solomon se apartó de la mesa, cruzó los brazos sobre el pecho y miró a River con esa expresión que solo él sabía poner: seria, decidida, pero con un matiz de complicidad.
Era de día, la manada funcionaba con normalidad, todos ocupados en sus tareas habituales, ajenos a lo que se estaba discutiendo en aquel despacho en ese momento.
—Si eso es lo que quieres… —dijo, con voz grave—. Sabes que estoy contigo hasta el final, Alfa. —Hizo una pausa, la mirada volviéndose más fría—. Y los guerreros ya e