El portón principal de la cúpula se cerró con un chirrido grave y metálico cuando Solomon cruzó la entrada y desapareció en la oscuridad del bosque. Dentro, el silencio seguía pesado, como una niebla espesa que ninguém conseguia dissipar. Los ancianos no dijeron ni una palabra tras su partida, y cada uno abandonó el salón con el peso de la amenaza recién recibida ardiendo sobre los hombros.
Kael fue el último en permanecer allí, de pie en su lugar, la mandíbula apretada, las manos cerradas en p