El silencio de la sala era tan espeso que podría cortarse con las garras. Las antorchas encendidas proyectaban sombras danzantes en las paredes de piedra y en los rostros rígidos de los ancianos sentados en sus tronos dorados, mirando a todos como si las palabras de Kael fueran lo más certero dicho hasta ese momento. Hasta que alguien pareció reunir suficiente valor para ponerse en pie y, sobre todo, hablar.
—El alfa supremo siempre fue una fuerza entre nosotros —dijo, con la voz grave resonand