Unas horas después, Judith volvió a la habitación del alfa, esperando poder dar de alta al supremo. La doctora se acomodó las gafas en el rostro y suspiró al examinar de nuevo los datos en el monitor. Sus ojos recorrieron cada línea de información antes de posarse en River, que estaba sentado al borde de la cama, todavía con la bata hospitalaria abierta, revelando el pecho marcado por cicatrices y heridas casi completamente cerradas.
—Diría que es un milagro, pero… conociendo tu linaje, quizás