El cielo estaba despejado aquella mañana, pero nadie parecía notarlo. La manada entera estaba inquieta, en silencio, como si una nube invisible flotara sobre los techos y los corazones. Los árboles estaban callados, el viento evitaba bailar entre las ramas, y hasta los animales del bosque se mantenían alejados. Era como si la naturaleza supiera que lo que sucedería ese día lo cambiaría todo.
Los lobos iban de un lado a otro, preparando el lugar de la ceremonia con flores secas y telas bordadas.