Mundo ficciónIniciar sesión
El sonido de las cuchillas contra el hielo resonaba con fuerza en toda la pista.
Los jugadores corrían de un lado a otro mientras los gritos del entrenador retumbaban en el estadio universitario. El sudor, la respiración agitada y la tensión eran parte del ambiente habitual de los entrenamientos de los Wolves. Pero aquella mañana había algo peor que el cansancio. Liam Carter. O mejor dicho… El idiota insufrible que acababa de chocarlo contra el vidrio de la pista. —¿Qué demonios te pasa? —gruñó Ethan quitándose el casco de golpe. Una sonrisa arrogante apareció en el rostro de Liam Carter. —¿Yo? Nada. Tal vez eres demasiado lento, Walker. Las risas de algunos compañeros no tardaron en escucharse. Ethan apretó la mandíbula. Odiaba esa sonrisa. Odiaba la forma en que Liam siempre parecía disfrutar molestándolo. Odiaba cómo todos lo admiraban solo por ser “el hijo del benefactor”. Y más que nada, odiaba que incluso despeinado y sudando se viera ridículamente atractivo. —Vuelve a empujarme y te rompo la cara —espetó Ethan. Liam se acercó lentamente hasta quedar frente a él. Demasiado cerca. —Me encantaría ver eso. El entrenador soltó un silbatazo tan fuerte que ambos se separaron inmediatamente. —¡¿PUEDEN DEJAR DE ACTUAR COMO NIÑOS POR CINCO MALDITOS MINUTOS?! El silencio cayó sobre la pista. El entrenador Harrison respiró profundamente, claramente intentando no perder la poca paciencia que le quedaba. —Llevan semanas arruinando los entrenamientos. Si no están peleando, se están provocando. ¡El equipo está harto! Ethan rodó los ojos. Liam sonrió como si aquello fuera divertido. Error. Grave error. Porque Harrison terminó explotando. —Perfecto. Ya me cansé de ustedes dos. Cuando termine el entrenamiento se quedarán limpiando el vestidor. Solos. Ethan abrió la boca. —¿Qué? —Escuchaste bien, Walker. Y no saldrán hasta dejar ese lugar impecable. Liam soltó una carcajada baja. —Suena divertido. —Para ti todo es divertido, Carter —masculló Ethan. Y eso solo hizo que Liam sonriera más. Una hora después, Ethan estaba lanzando guantes sudados dentro de una caja mientras murmuraba insultos por lo bajo. El vestidor olía a sudor, desinfectante y frustración acumulada. Liam, en cambio, parecía completamente relajado. Demasiado relajado. —¿Siempre haces esa cara de pocos amigos o solo cuando estás conmigo? —preguntó mientras giraba un palo de hockey entre sus manos. Ethan ni siquiera lo miró. —Cállate y limpia. —Qué mandón. Un golpe suave impactó en la espalda de Ethan. Volteó inmediatamente. —¿Me lanzaste una cinta? Liam levantó las manos fingiendo inocencia. —Ups. Ethan respiró profundo. No iba a caer en su juego. No iba a hacerlo. Cinco segundos después, otra cinta golpeó su cabeza. —Te voy a matar. Liam soltó una risa. —Relájate, princesa. Eso fue suficiente. Ethan caminó hacia él furioso y lo empujó del pecho. —¿Cuál es tu maldito problema conmigo? Liam sostuvo su mirada sin borrar la sonrisa. —No tengo ningún problema contigo. —Entonces deja de actuar como un imbécil. —¿Y perder la única forma divertida de llamar tu atención? Ethan frunció el ceño. Por un segundo… solo un segundo… sintió que esa frase había sonado diferente. Más personal. Pero antes de pensar demasiado en ello, Liam volvió a empujarlo. Y Ethan perdió completamente la paciencia. Ambos comenzaron a forcejear entre insultos y empujones. Chocaron contra las bancas, tiraron varias cajas y terminaron tropezando de manera ridícula. El mundo pareció detenerse cuando cayeron al suelo. Ethan quedó encima de Liam. Sus respiraciones estaban agitadas. Sus rostros demasiado cerca. Y entonces pasó. Sus labios chocaron accidentalmente. Fue un roce breve. Confuso. Caliente. Pero antes de que Ethan pudiera reaccionar, sintió una mano sujetando su nuca. Liam. Liam lo estaba besando de verdad. Los ojos de Ethan se abrieron de golpe. El beso se volvió más profundo durante apenas unos segundos, pero suficientes para que algo extraño explotara dentro de su pecho. Algo peligroso. Cuando finalmente reaccionó, se apartó bruscamente. —¡¿Qué demonios haces?! —gritó levantándose del suelo. Liam seguía acostado, respirando agitado. Y sonriendo. —Besarte. —¡Yo no soy gay! Por primera vez, la sonrisa de Liam vaciló apenas un poco. Pero antes de que pudiera responder, todas las luces del vestidor se apagaron. El lugar quedó completamente oscuro. —Genial… —murmuró Ethan. —Creo que el destino está de mi lado —dijo Liam divertido. —Cállate. El ambiente comenzó a calentarse rápidamente sin ventilación. Ethan podía escuchar perfectamente la respiración de Liam en medio de la oscuridad. Y eso lo ponía extrañamente nervioso.






