El rugido del motor del Porsche se apagó al entrar en el garaje de la mansión, pero el silencio que lo siguió fue mucho más pesado. La casa estaba desierta; los padres seguían sumergidos en sus mundos de negocios y apariencias, ajenos al incendio que acababa de estallar en la universidad.
Ethan bajó del auto como un autómata. Sus pasos dejaron un rastro de chocolate seco y agua sobre el mármol impoluto de la entrada, una mancha que gritaba que no pertenecía allí. Subió las escaleras a zancadas,