Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en el vestidor era ahora más ensordecedor que los gritos del entrenador. La oscuridad no era absoluta; pequeños hilos de luz lunar se filtraban por las rejillas altas de ventilación, dibujando líneas plateadas sobre el metal de los casilleros.
Ethan sentía el corazón martilleando contra sus costillas, un ritmo frenético que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico del entrenamiento. El calor del lugar, antes sofocante, ahora parecía concentrarse en el punto exacto donde sus labios se habían encontrado con los de Liam. —No te muevas, Walker. Te vas a tropezar con algo y no quiero cargarte a la enfermería —la voz de Liam llegó desde el suelo, más grave, despojada de su habitual tono burlón. —Puedo cuidarme solo —masculló Ethan, aunque no se movió. El rastro del beso seguía quemando. No era solo el contacto; era la forma en que Liam lo había sujetado, con una urgencia que lo dejó sin aire—. ¿Por qué lo hiciste? Escuchó el roce de la ropa de Liam contra el suelo mientras se ponía de pie. El sonido de sus pasos, lentos y deliberados, se acercaba sobre las baldosas. Ethan retrocedió hasta que su espalda chocó contra el frío metal de un casillero. —Porque llevas dos años mirándome como si quisieras golpearme o besarme —dijo Liam. Ahora estaba tan cerca que Ethan podía oler el aroma a menta y sudor limpio que desprendía su piel—. Y me cansé de esperar a que te decidieras. —Te odio, Carter. —Lo sé. Es lo más interesante de ti. Liam apoyó una mano sobre el casillero, justo al lado de la cabeza de Ethan, acorralándolo. En la penumbra, sus ojos parecían dos abismos oscuros. La tensión no era solo rabia; era algo elástico, una cuerda tensada al máximo a punto de romperse. Ethan intentó empujarlo, pero sus manos terminaron aferrándose a la camiseta húmeda de Liam. No lo apartó. Sus dedos se cerraron sobre la tela, tirando de él hacia abajo. —Dijiste que no eres gay —susurró Liam, su aliento rozando la oreja de Ethan, provocándole un escalofrío que le recorrió la columna—. Entonces, ¿por qué me sujetas como si tu vida dependiera de ello? Ethan apretó los dientes. Quería soltarlo, quería gritarle, pero el cuerpo de Liam era como un imán. La fricción de sus uniformes de entrenamiento, el calor que emanaban y esa maldita sonrisa que, incluso en la oscuridad, podía adivinar. —Cállate —gruñó Ethan. Liam soltó una risa baja. Una de esas que parecían deslizarse directo bajo la piel. —Me encanta cuando te pones nervioso. —No estoy nervioso. —Claro que sí. Sus rostros estaban peligrosamente cerca. Ethan podía sentir el calor de la respiración de Liam mezclándose con la suya, lenta… provocadora… como si estuviera disfrutando verlo perder el control poco a poco. Y eso era precisamente lo que más lo enfurecía. Porque Liam siempre parecía tener el control. Incluso ahora. Incluso después de besarlo. —Voy a golpearte si no te apartas —advirtió Ethan, aunque su voz salió menos firme de lo que esperaba. Liam inclinó apenas la cabeza. —Hazlo. Pero Ethan no lo hizo. Sus manos seguían aferradas a la camiseta húmeda de Liam, sintiendo bajo la tela los músculos tensarse con cada respiración. Su mente gritaba que lo empujara, que se alejara, que recordara quién era. Pero su cuerpo no obedecía. Y Liam lo sabía. —¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Liam, deslizando lentamente la mirada hacia los labios de Ethan—. Que llevas semanas mirándome igual. Ethan tragó saliva. —Estás enfermo. —Y tú estás confundido. El comentario cayó como una bomba. Ethan finalmente reunió suficiente fuerza para empujarlo. Liam retrocedió apenas un paso, pero no dejó de mirarlo. Incluso en la oscuridad, Ethan podía sentir esos ojos clavados sobre él como cuchillas. —No sabes nada de mí —espetó. —Sé más de lo que crees. El silencio volvió a envolverlos. Pesado. Caliente. Peligroso. Afuera, una tormenta comenzó a escucharse a lo lejos. El ruido de los truenos retumbó sobre el edificio y, por un instante, un destello iluminó el vestidor. Lo suficiente para que Ethan viera claramente el rostro de Liam. Su cabello oscuro estaba húmedo por el sudor. La camiseta pegada al cuerpo marcaba cada músculo de su torso y sus labios… seguían ligeramente hinchados por el beso. El estómago de Ethan dio un vuelco. Maldita sea. Liam se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Su sonrisa volvió lentamente. —Ahí está esa mirada otra vez. —Cállate. —¿Quieres besarme otra vez? Ethan sintió calor subirle hasta las orejas. —¿Qué demonios te pasa? —Tú me pasas. La respuesta fue tan inmediata y sincera que Ethan se quedó sin palabras. Por primera vez desde que conocía a Liam Carter… no había sarcasmo. Solo honestidad. Eso lo descolocó más que cualquier provocación. Antes de que pudiera responder, el sonido de unas llaves se escuchó detrás de la puerta del vestidor. —¡¿Siguen aquí dentro?! —gruñó la voz del guardia de seguridad. Ethan reaccionó de inmediato y se apartó como si Liam quemara. El guardia abrió la puerta unos segundos después y ambos salieron rápidamente sin siquiera mirarse. O al menos Ethan lo intentó. Porque antes de irse, Liam rozó su hombro al pasar junto a él y murmuró cerca de su oído: —Esto recién empieza, Walker. El camino a casa fue un infierno. Ethan condujo con las manos tan tensas sobre el volante que los nudillos se le pusieron blancos. La lluvia golpeaba el parabrisas con fuerza, pero ni siquiera eso lograba apagar el caos dentro de su cabeza. Todo volvía una y otra vez. El beso. Las manos de Liam en su nuca. Su voz susurrándole tan cerca. “Tú me pasas.” Ethan soltó una maldición y golpeó suavemente el volante. —Mierda… No podía dejar de pensar en ello. Y eso era exactamente lo que más lo asustaba. Siempre había tenido novias. Siempre le habían gustado las chicas. Entonces… ¿por qué demonios sentía todavía el sabor de Liam en sus labios? Apretó la mandíbula. No. No iba a pensar en eso. Era Liam Carter. El idiota arrogante que llevaba años haciéndole la vida imposible. Solo había sido un error. Un maldito accidente. Cuando finalmente estacionó frente a su casa, soltó un largo suspiro antes de bajar del auto. La lluvia fría golpeó su ropa mientras caminaba hasta la entrada. La pequeña casa donde vivía con su madre contrastaba completamente con el lujo al que Liam estaba acostumbrado. Era sencilla, cálida y algo antigua, pero Ethan la adoraba. Era su lugar seguro. Apenas abrió la puerta, el olor a comida recién hecha lo envolvió. —¡Ethan! —la voz alegre de su madre resonó desde la cocina—. ¿Eres tú? —Sí, mamá. Intentó sonar normal. Intentó. Pero claramente falló. Porque apenas su madre apareció en el marco de la cocina, frunció el ceño al verlo. Sophia Walker era una mujer hermosa y dulce, aunque la vida no hubiera sido precisamente amable con ella. Aun usando ropa sencilla y llevando el cabello recogido apresuradamente, irradiaba calidez. Y conocía demasiado bien a su hijo. —¿Qué ocurrió? —preguntó inmediatamente—. Tienes cara de haber querido asesinar a alguien. Ethan dejó las llaves sobre la mesa. —Solo fue un mal día. —¿Es ese chico otra vez?






