Liam no se detuvo. Cada paso que daba hacia Chloe hacía que el pasillo se sintiera más pequeño, más asfixiante. Los estudiantes contenían el aliento, con los teléfonos aún en alto, grabando el colapso del orden jerárquico de la universidad.
—Liam, por favor —dijo Chloe, recuperando la compostura con una velocidad asombrosa y cruzándose de brazos—. No seas ridículo. Mira cómo está. Solo le hice un favor; ese color chocolate le queda mejor que cualquier cosa que haya traído de los suburbios.
Liam