A las tres y cuarenta y cinco de la mañana, Bogotá no era una ciudad; era un congelador negro y húmedo. La lluvia no caía a cántaros, sino que flotaba en el aire como una llovizna perpetua y helada que empapaba la ropa casi sin que uno se diera cuenta.
Layla aparcó su camioneta a dos cuadras de la entrada principal de la obra, en una callejuela mal iluminada. Apagó el motor y se quedó un momento en el silencio del habitáculo, escuchando el golpeteo de las gotas contra el parabrisas. Llevaba pue